GNOME vs KDE Plasma: diferencias reales y cómo elegir

Última actualización: 17 de febrero de 2026
Autor: Isaac
  • GNOME prioriza simplicidad, coherencia y accesibilidad, con menos opciones visibles pero una experiencia muy guiada.
  • KDE Plasma ofrece una personalización extrema, actividades persistentes y un ecosistema de apps muy amplio para usuarios avanzados.
  • Ambos han madurado en rendimiento y estabilidad, apoyándose en tecnologías distintas (GTK vs Qt) e integraciones diferentes.
  • La elección depende del flujo de trabajo y del perfil del usuario más que de una superioridad técnica clara de uno sobre otro.

Comparativa GNOME vs KDE Plasma en Linux

Si llevas un tiempo trasteando con Linux, tarde o temprano acabas en la misma discusión: ¿GNOME o KDE Plasma como entorno de escritorio principal? Es casi el siguiente paso natural después de pelearte por cuál es la mejor distro. Más allá del pique sano, la elección del escritorio marca mucho tu experiencia diaria: cómo trabajas, cuánto personalizas, qué tan fluido va todo y hasta qué aplicaciones acabas usando.

Aunque hay muchos más entornos disponibles, la realidad es que el escritorio Linux gira sobre todo en torno a dos grandes caras: GNOME y KDE Plasma. Han evolucionado muchísimo desde los tiempos de GNOME 2 y KDE 3, han cambiado de paradigma, de tecnologías y de filosofías, y eso hace que compararlos hoy no sea tan sencillo como contraponer “simple vs complejo” o “minimalismo vs personalización”. Vamos a destripar bien qué ofrece cada uno y para quién tiene más sentido.

Breve contexto histórico: de clonar Windows a separar caminos

En sus inicios, tanto GNOME 2 como las primeras versiones de KDE seguían muy de cerca el modelo clásico de Windows. Barra de tareas, menú de inicio, bandeja de sistema y ventanas apiladas: todo resultaba familiar a quien venía del sistema de Microsoft, con la única rareza añadida de los escritorios virtuales. GNOME solía repartir los elementos en dos barras (superior e inferior), mientras que KDE imitaba casi al detalle la disposición de Windows.

En aquella época, las guerras GNOME vs KDE se centraban más en la tecnología y las licencias que en el diseño. KDE usaba Qt, que comenzó siendo privativo y luego pasó por una licencia QPL compatible con el software libre pero no con la GPL, lo que generó mucha polémica. No fue hasta Qt 4 cuando apareció una variante bajo GPL que apagó buena parte de ese incendio ideológico.

Superado el drama de las licencias, la discusión se desplazó hacia las propuestas de uso y el enfoque del escritorio. GNOME se vendía como la opción más simple, accesible y ligera en consumo de recursos, mientras que KDE se posicionaba como el escritorio potente, repleto de funciones y con una capacidad de personalización casi enfermiza. Ya entonces cada uno atraía a un perfil de usuario bastante distinto.

En ese escenario, KDE tenía una ventaja clara en el terreno de las aplicaciones integradas. Sus programas de multimedia, ofimática y gestión de archivos solían ser más completos que sus equivalentes en GNOME. No era raro encontrarse usuarios con GNOME como entorno pero medio escritorio plagado de aplicaciones KDE, desde reproductores de audio como el mítico Amarok 1.4 hasta gestores de archivos avanzados.

El gran giro de GNOME 3 y la ruptura de paradigmas

Interfaz de GNOME y KDE Plasma comparadas

El tablero cambió de verdad con la llegada de GNOME 3, que rompió por completo con el modelo de escritorio clásico. Se alejó del patrón “tipo Windows” y apostó por GNOME Shell, una interfaz centrada en la vista de actividades, el uso intensivo de atajos de teclado y una organización pensada tanto para escritorio como para dispositivos táctiles. A muchos les recordó más a macOS que al viejo Windows.

Con GNOME 40 y posteriores, se pulió el flujo de trabajo (por ejemplo, cambiando la disposición de los espacios de trabajo de vertical a horizontal), pero la filosofía base sigue siendo muy distinta de la de KDE Plasma. Esto hace que compararlos hoy sea casi como enfrentar dos tipos de videojuego que solo tienen en común que son “juegos”: uno puede ser un shooter moderno y el otro un puzzle retro; ambos son válidos, pero no buscan lo mismo ni se juegan igual.

Mientras tanto, KDE fue madurando hasta llegar al Plasma actual, mucho más estable y ligero que las primeras versiones de Plasma 4 y las primeras de Plasma 5, que fueron famosos por sus problemas de rendimiento y algunas decisiones cuestionables. Hoy Plasma ha recuperado el nivel de estabilidad y productividad que muchos añoraban de KDE 3.x, pero sin renunciar a los efectos y a la modernidad.

Ahora mismo nos encontramos con dos productos muy distintos que apuntan a públicos y gustos diferentes. GNOME propone una experiencia muy guiada, coherente y con pocas opciones visibles, mientras que KDE Plasma ofrece un entorno casi “cajón de herramientas” en el que puedes moldear cada detalle de tu escritorio, desde el tema hasta el comportamiento de ventanas, notificaciones y atajos.

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Filosofía de diseño: simplicidad opinada frente a flexibilidad extrema

Si hay un concepto clave en GNOME es que es un escritorio “opinado”: los desarrolladores tienen una idea bastante clara de cómo debería usarse el sistema y toman muchas decisiones por ti. Menos menús, menos botones, menos preferencias visibles y un diseño minimalista centrado en no distraer. Eso hace que GNOME sea muy fácil de entender para un recién llegado.

En el extremo opuesto, KDE Plasma apuesta por la configurabilidad a lo bestia. Casi todo tiene un panel de opciones propio y a menudo hay varias formas de llegar al mismo ajuste. Puedes modificar paneles, temas, comportamiento de ventanas, accesos rápidos, actividades, efectos gráficos, applets de sistema y un largo etcétera. Para algunos esto es un paraíso; para otros, un infierno de menús.

Esta diferencia de filosofía tiene consecuencias claras: GNOME tiende a ofrecer una experiencia más consistente entre diferentes máquinas, porque la mayoría de gente lo deja casi como viene. KDE, en cambio, suele ser mucho más personal; cada usuario termina con un escritorio muy distinto tras años de pequeños ajustes.

En la práctica, GNOME encaja muy bien con la idea de “instalar y usar” sin volverse loco con la configuración. KDE brilla cuando inviertes tiempo en domarlo y adaptarlo a tu manera de trabajar, algo que suele atraer más a usuarios avanzados y a quienes viven muchas horas frente al ordenador.

GNOME vs KDE Plasma: experiencia de usuario y flujo de trabajo

Desde el punto de vista del usuario, la diferencia más evidente suele estar en la forma de moverse entre aplicaciones y organizar ventanas. GNOME apuesta por la vista de actividades y los espacios de trabajo dinámicos, mientras que KDE mantiene un enfoque tradicional con barra de tareas, menú de inicio y ventanas apiladas, pero añade capas extra como Actividades.

En GNOME, la barra superior concentra reloj, área de estado y menú de usuario. Con la tecla Super accedes a la vista general, donde ves todas las ventanas abiertas y los escritorios virtuales. Los espacios de trabajo funcionan de forma bastante fluida, y el sistema los crea y destruye según los vas usando, lo que anima a separar tareas sin complicarse.

En KDE Plasma, por defecto te encuentras con una barra de tareas inferior con menú de inicio a la izquierda y bandeja de sistema a la derecha, muy familiar si vienes de Windows. Desde ahí puedes cambiar de aplicación, anclar programas, gestionar notificaciones y controlar multimedia. Es un esquema muy clásico, pero por debajo tienes múltiples extras.

Uno de esos extras es Krunner, un lanzador súper potente que se activa con Alt+Espacio o Alt+F2. Permite abrir aplicaciones, buscar archivos, cambiar de ventana o pestaña del navegador escribiendo parte del título, hacer cálculos rápidos o lanzar búsquedas web usando atajos del tipo “gg:lo que sea” o “leo:palabra” para traducciones. Para muchos usuarios avanzados es la herramienta que más productividad les aporta.

Por otro lado, GNOME ofrece un conjunto de atajos y un diseño enfocado en minimizar el número de clics. ALT+TAB para alternar entre ventanas, Super para ver actividades, combinaciones para mover ventanas entre escritorios… y un número razonable de opciones de accesibilidad y multitarea. Si quieres ir más allá, puedes tirar de extensiones, pero la base ya es muy coherente.

Escritorios virtuales, actividades y organización del trabajo

Una de las grandes diferencias, aunque a veces pase desapercibida, es cómo concibe cada entorno la separación de contexto. Los escritorios virtuales existen desde hace años en casi todos los sistemas, pero la forma en que se integran en el flujo de trabajo cambia mucho entre GNOME y KDE.

En GNOME, los espacios de trabajo son contenedores temporales de ventanas. Están pensados para organizar lo que tienes abierto en ese momento: un escritorio para navegación y correo, otro para código, otro para ocio… El problema es que, cuando reinicias, cambias pantallas o cierras sesión, esa disposición rara vez se conserva del todo como la dejaste, y toca reconstruirla cada vez.

Windows y otros entornos suelen cometer un pecado parecido: los escritorios virtuales son simplemente “capas espaciales” del mismo entorno, comparten bandeja, notificaciones y casi todo, así que separar “trabajo” y “personal” requiere mucha disciplina manual. Es fácil terminar con apps mezcladas en todos los escritorios y perder la sensación de estar en contextos realmente distintos.

Ahí es donde KDE Plasma introduce algo muy interesante: las Actividades, que van más allá de los escritorios virtuales clásicos. Una Actividad es un contexto definido: puede tener su propio fondo de pantalla, su disposición de paneles, widgets, atajos específicos e incluso un conjunto de ventanas asociados. Cambiar de Actividad no mueve ventanas entre escritorios, sino que cambia qué conjunto de ventanas “existe” en ese momento.

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Esto hace que cada Actividad funcione como un entorno persistente y estable. Puedes tener una Actividad “Trabajo” con tu navegador lleno de pestañas técnicas, terminales, Slack/Matrix y documentación; otra “Juegos” con lanzador, cliente de voz y monitor de rendimiento; y una “Escritura” limpia, casi sin notificaciones ni distracciones. Al alternar entre ellas, no cierras aplicaciones, solo las ocultas del contexto actual.

La gracia está en que esas Actividades se mantienen entre reinicios. No tienes que reconstruir todo cada mañana: abres la Actividad de turno y sigues donde lo dejaste. En pantallas únicas esto se nota especialmente, porque reduces muchísimo el malabarismo de ventanas y te centras en cambiar de modo, no de app en app.

En GNOME es posible acercarse a esto con extensiones que aíslan espacios de trabajo, fijan aplicaciones o gestionan flujos completos, pero no deja de ser algo “añadido encima” de un diseño que no se concibió con esa idea como pilar central. Además, las extensiones a veces se rompen con nuevas versiones, generan conflictos entre sí o no se integran de forma tan natural como las Actividades en KDE.

Aplicaciones, integración y tecnologías subyacentes

Otro de los puntos fuertes de KDE Plasma es que viene rodeado de un ecosistema de aplicaciones propio muy amplio y maduro. El gestor de archivos Dolphin, el visor de documentos Okular, el editor de vídeo Kdenlive, el editor de texto avanzado Kate, el visor de imágenes Gwenview, el emulador de terminal Konsole o el gestor de fotos Digikam son solo algunos ejemplos de herramientas muy competentes.

En GNOME, la suite de aplicaciones es más reducida pero muy coherente en diseño y usabilidad. Tienes GNOME Files (Nautilus) como gestor de archivos, un editor de texto sencillo, visor de imágenes, reproductores básicos, escáner de documentos, calculadora, calendario, reloj y un largo etcétera. Todo sigue unas mismas pautas visuales y de interacción, lo que da una sensación de uniformidad muy agradable.

A nivel tecnológico, KDE se apoya principalmente en Qt como toolkit gráfico, el mismo sobre el que se construyen aplicaciones populares como VLC. Qt ofrece gran flexibilidad y potentes capacidades para interfaces ricas, algo que Plasma aprovecha para sus efectos y widgets. GNOME, en cambio, se construye sobre GTK, usado por multitud de aplicaciones en Linux y BSD, con un enfoque más sobrio y eficiente pero también muy extendido.

En cuanto al acceso a recursos remotos, GNOME usa gvfs, que expone las ubicaciones remotas mediante FUSE. Eso significa que, si montas una carpeta SMB, SFTP o similar desde Nautilus, aparece como un punto de montaje normal accesible para cualquier aplicación, nativa o no de GNOME. En KDE existe kio, que ofrece protocolos muy potentes a nivel interno, pero las aplicaciones no KDE no suelen entenderlos, lo que se traduce a veces en copias temporales poco eficientes para archivos grandes.

También hay que mencionar la rapidez con la que GNOME suele adoptar nuevas tecnologías de sistema. Integración profunda con systemd y cgroups, soporte temprano de portales Flatpak, mejoras en gdm y gestión de sesiones… Muchos avances de la pila de escritorio llegan antes al mundo GNOME, aunque con el tiempo KDE suele converger hacia soluciones similares.

Personalización, rendimiento y consumo de recursos

Si hablamos de personalización, KDE Plasma juega en otra liga. Puedes cambiar temas globales, esquemas de color, decoración de ventanas, comportamiento de botones, animaciones, disposición y tipo de paneles, widgets de escritorio, iconos, fuentes y casi cada detalle de la experiencia. Incluso puedes sustituir el menú de aplicaciones clásico por un lanzador al estilo GNOME con un clic derecho en el icono y seleccionando alternativas.

GNOME, en cambio, limita mucho las opciones de personalización visibles por defecto. Se centra en que el diseño y el flujo sean consistentes y que el usuario no se pierda entre cien pantallas de preferencias. Sin embargo, mediante extensiones y herramientas como GNOME Tweaks puedes aplicar temas, cambiar algunos comportamientos de ventanas, modificar paneles y añadir iconos o widgets extra.

En cuanto a rendimiento, la historia ha cambiado respecto al pasado. Hoy en día KDE Plasma es sorprendentemente ligero para todo lo que ofrece, sobre todo si desactivas algunos efectos visuales o widgets que no necesitas. El consumo de RAM en un arranque limpio puede competir perfectamente con o incluso mejorar al de GNOME en muchas distros modernas.

Lo que sí es cierto es que GNOME se siente más “predecible” de una instalación a otra. Como se toca menos la configuración y hay menos combinaciones de opciones, los problemas por ajustes raros son menos frecuentes. Con KDE, si empiezas a modificar todo a fondo, puedes acabar con comportamientos muy personalizados que a otro usuario le resultan confusos, y que a veces complican el soporte o la ayuda remota.

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Accesibilidad, integración con el sistema y comunidad

En el terreno de la accesibilidad, GNOME lleva bastante ventaja por madurez y cantidad de opciones integradas. Desde configuración puedes activar rápidamente lector de pantalla, teclas especiales, alertas visuales, texto grande, teclado en pantalla y otros ajustes pensados para personas con distintas necesidades. Además, es posible fijar el menú de accesibilidad siempre visible en la barra superior.

KDE Plasma también ha ido mejorando en este aspecto y hoy dispone de funciones como teclas modificadoras, filtros de teclado, navegación con el ratón y soporte de lector de pantalla. No obstante, la sensación general es que GNOME ha priorizado más la accesibilidad desde hace años y eso se nota en la integración de estas funciones en su diseño global.

En cuanto a integración con el sistema, GNOME suele ser la punta de lanza en muchas distribuciones importantes. Fedora Workstation, Ubuntu, CentOS, Manjaro GNOME… todos lo adoptan como entorno por defecto, lo que significa que recibe mucha atención, pruebas y pulido en escenarios de uso muy diversos. Sus componentes como gdm3 o Nautilus tienden a estar muy bien integrados con tecnologías modernas.

KDE Plasma, por otro lado, es el entorno estrella en distribuciones como Kubuntu, KDE neon, openSUSE con edición KDE o la edición KDE de Fedora. Además, su comunidad es muy activa y tiene fama de impulsar ideas innovadoras que luego inspiran a otros proyectos. KDE Connect, por ejemplo, nació en el ecosistema KDE y después se portó para integrarse también con GNOME.

Sobre la comunidad, tanto GNOME como KDE cuentan con grandes grupos de desarrolladores y usuarios implicados. GNOME se centra en mantener una experiencia limpia, consistente y “para las masas”, mientras que KDE agrupa a muchos entusiastas que disfrutan afinando y ampliando las posibilidades del escritorio hasta el último detalle. Documentación, foros, canales de ayuda y tutoriales abundan en ambos mundos.

GNOME vs KDE Plasma en distros reales y casos de uso

En la práctica, la elección de entorno suele venir condicionada por la distribución que uses y el perfil de usuario al que vaya dirigida. Fedora Workstation, por ejemplo, se promociona principalmente con GNOME en su página principal, mientras que KDE Plasma aparece en Fedora como un “Spin”, es decir, una variante con el mismo sistema base pero otro escritorio.

Esta diferencia de visibilidad hace que muchos usuarios nuevos caigan automáticamente en GNOME simplemente porque es lo que más se les enseña. Lo mismo pasa con Ubuntu, donde la edición estándar usa GNOME, mientras que Kubuntu (con KDE) queda un poco más escondida para quien no conoce todavía la variedad de sabores.

En el lado KDE, hay distros como KDE neon, que se centran en ofrecer la experiencia Plasma más pura y actualizada posible, o ediciones KDE de Fedora y openSUSE que sirven de escaparate del escritorio para usuarios que ya saben lo que buscan. En todas ellas, la integración entre el entorno y la base es muy buena, y suele haber cuidada selección de aplicaciones KDE.

También hay debates recurrentes dentro de comunidades como Fedora sobre si darle más protagonismo a KDE Plasma en la web oficial, ponerlo al mismo nivel que GNOME o incluso evaluar un cambio de entorno por defecto. De momento GNOME sigue siendo la cara visible principal, pero no faltan voces que reclaman mayor equilibrio, al menos a nivel de marketing.

Todo esto refleja algo importante: no es que un escritorio sea “mejor” de forma absoluta, sino que las distros apuestan por el que encaja mejor con su visión. Para un proyecto que quiere atraer a masas con un entorno pulido y sencillo de soportar, GNOME resulta atractivo. Para usuarios que priorizan flexibilidad y control fino sobre su máquina, KDE Plasma suele ser la respuesta natural.

Visto todo lo anterior, la elección entre GNOME y KDE Plasma termina siendo más una cuestión de gustos, flujo de trabajo y perfil que de superioridad técnica; quien busca una experiencia limpia, directa y muy coherente suele sentirse más cómodo en GNOME, mientras que quien disfruta afinando cada detalle del escritorio y exprimiendo al máximo la multitarea acaba volviendo una y otra vez a KDE, y en ambos casos el escritorio Linux no se entendería sin estas dos grandes caras marcando el rumbo del resto.

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