- El software abarca desde juegos 8-bit, mundos virtuales y WordPress hasta complejos sistemas empresariales y servicios en la nube.
- Programar mezcla lógica, creatividad y cultura propia: Unix, línea de comandos, comentarios graciosos y bugs difíciles de cazar.
- La seguridad se apoya en entender conceptos como malware, troyanos, rootkits, HTTP/HTTPS y la importancia de las buenas prácticas.
- Modelos como el copyleft y el software libre han impulsado plataformas clave y la colaboración masiva en proyectos abiertos.

El mundo del software y los programas está lleno de anécdotas, historias curiosas y guiños frikis que rara vez aparecen en los manuales técnicos. Más allá de las líneas de código y las ventanas del escritorio, hay toda una cultura que mezcla ingeniería, creatividad, humor y hasta filosofía. Si alguna vez te has preguntado qué hay detrás de un sistema operativo, de tus videojuegos favoritos o de los chatbots de moda, aquí vas a encontrar unas cuantas sorpresas.
Además de ver cómo han evolucionado las soluciones de software para usuarios y empresas, vamos a repasar conceptos como malware, troyanos, rootkits, HTTP o WordPress, y también ese lado más humano del desarrollo: la pereza productiva de los programadores, sus chistes internos, el drama de un punto y coma fuera de lugar o la sensación de tener superpoderes cuando todo compila a la primera.
Curiosidades sobre cómo trabajamos con el software hoy en día
Uno de los aspectos más curiosos del software moderno es cómo convivimos con tecnologías que ni siquiera vemos, como las cookies que se guardan en tu navegador. Estos pequeños archivos permiten que una web recuerde quién eres cuando vuelves, qué sección visitas más o qué configuración de idioma prefieres. También ayudan a que los equipos de marketing y analítica entiendan qué partes de la página son más útiles para los usuarios y cuáles pasan sin pena ni gloria.
En paralelo, han explotado las versiones gratuitas de chatbots basados en IA, que se han colado en el día a día de millones de personas. Herramientas como ChatGPT, en su modalidad gratuita, se han popularizado a pesar de las limitaciones en funciones, capacidad o uso profesional. Para muchos usuarios finales, esa versión recortada es más que suficiente para resolver dudas rápidas, generar textos sencillos o simplemente trastear con la inteligencia artificial por pura curiosidad.
Este auge de la IA convive con un clásico eterno: aprender a programar. Cada vez más gente se anima a estudiar desarrollo web, aplicaciones y videojuegos en bootcamps intensivos y escuelas tecnológicas. Al hacerlo, descubren que la programación no es solo una disciplina técnica; es una mezcla peculiar de matemáticas, ingeniería y creatividad, algo así como resolver rompecabezas mientras construyes herramientas reales que otras personas utilizarán.
Cuando empiezas a escribir código entiendes que no se trata solo de aprender una sintaxis. De repente se abre un universo propio, con reglas, trucos y manías que solo comprendes al vivirlo en primera persona: desde el sistema operativo que eliges hasta cómo comentas el código o qué tipo de humor compartes con otros desarrolladores.
Unix, Windows y la línea de comandos: el lado friki de los sistemas
Durante años parecía que el debate tecnológico grande era “Mac o Windows”, pero si hablas con desarrolladores con algo de experiencia verás que la respuesta suele irse más atrás en el tiempo: Unix. Los sistemas basados en Unix, como macOS, Linux o BSD, ofrecen un entorno mucho más cómodo para programar gracias a sus herramientas integradas, su filosofía de diseño y la facilidad para automatizar tareas desde el terminal.
Se suele decir medio en broma que “Unix ya es un entorno de desarrollo integrado”. Aunque puedas instalar IDEs muy potentes en Windows, la sensación en entornos Unix-like es que todo el sistema está pensado para que escribas, pruebes, compiles y despliegues sin demasiadas vueltas. Por eso muchos programadores prefieren usar Linux o macOS incluso cuando sus usuarios finales van a trabajar con Windows.
Otro detalle divertido del oficio es la “excusa oficial” de muchos programadores para tomarse una pequeña pausa: la compilación. Cuando trabajas con lenguajes como C o C++ y lanzas una compilación grande, la máquina puede quedarse ocupada un buen rato construyendo el ejecutable. Mientras tanto, es complicado seguir haciendo tareas pesadas en el equipo, así que ese tiempo a menudo se convierte en un descanso improvisado para estirar las piernas, revisar el móvil o comentar el bug del día con el compañero.
Y si hay algo que cambia la manera de usar el ordenador es la línea de comandos. Al principio da respeto, pero cuando te acostumbras a escribir órdenes directamente para el sistema, usar solo el ratón empieza a parecer torpe. Detrás de esa pantallita negra lo que estás haciendo, en realidad, es escribir scripts (normalmente en Bash u otros intérpretes) que automatizan tareas, manipulan archivos o gestionan servidores enteros con unas pocas palabras.
Quien se engancha al terminal suele descubrir que puede encadenar comandos, crear pequeños programas y ganar un control muy fino del sistema. Esa sensación de poder es muy similar a la que se tiene al escribir código: en vez de hacer clic en botones, vas diciendo exactamente lo que quieres que pase.
Puntos y comas malditos, comentarios graciosos y la virtud de la pereza
Quien no ha escrito nunca código quizá no entienda el drama, pero muchos desarrolladores han perdido horas por culpa de un punto y coma ausente, un paréntesis mal cerrado o un corchete fuera de sitio. Después de pulir durante todo el día un bloque de cientos de líneas, llega el momento de ejecutar y… nada funciona. Empieza entonces la caza del detalle minúsculo que lo ha roto todo.
Estas pequeñas erratas de sintaxis pueden generar errores crípticos o, peor aún, comportamientos raros que no fallan siempre, solo “a veces”. Por eso la depuración puede convertirse en una auténtica pesadilla. Revisar línea tras línea hasta que encuentras el maldito símbolo fuera de lugar se convierte casi en un rito iniciático para cualquiera que se tome en serio la programación.
En contraposición a ese sufrimiento aparece una idea muy querida en el mundillo: la pereza como virtud profesional. Muchos desarrolladores sostienen, siguiendo la famosa frase atribuida a Bill Gates, que si hay que hacer un trabajo difícil es buena idea dárselo a una persona perezosa, porque buscará la forma más sencilla de resolverlo. En programación, trabajar “de forma inteligente y no más duro” suele traducirse en escribir código simple, reutilizable y fácil de mantener.
Esto enlaza con el enorme valor del software libre y los proyectos de código abierto. Gracias a ellos no hace falta reinventar la rueda continuamente: puedes apoyarte en librerías, frameworks y herramientas creadas por otros para construir tus propias soluciones más rápido. Esa “pereza organizada” es la que evita que cada equipo tenga que reescribir desde cero los mismos componentes básicos una y otra vez.
Otro rincón donde se ve la personalidad de los programadores son los comentarios en el código. En teoría sirven para explicar partes complejas, detallar decisiones de diseño o dejar advertencias para futuras modificaciones. En la práctica, muchos comentarios se convierten en pequeños chistes, bromas internas o mensajes para el “yo del futuro” que tendrá que mantener ese trozo de software. Frases tipo “Magic. Do not touch.”, “drunk, fix later” o “hack para IE (asumiendo que IE es un navegador)” son parte del folclore habitual en repositorios de todo el mundo.
Bugs, ensayo y error y la magia de que algo funcione
Cuando una aplicación falla, el usuario final solo ve que hay un problema; el programador ve un “bug” que puede ser un monstruo escondido. Los errores de software no siempre provocan un bloqueo evidente; a veces se manifiestan como comportamientos raros, fallos aleatorios o pequeños detalles que solo aparecen en condiciones muy concretas.
Localizar esos bugs es uno de los trabajos más duros del desarrollo. Puedes pasar días o semanas rastreando un problema que se esconde en una combinación extraña de datos, en una carrera de concurrencia o en una conversión de tipos mal hecha. No es casualidad que algunos proyectos grandes ofrezcan recompensas económicas por localizar fallos críticos: encontrar ciertos errores es casi un deporte de élite.
Pese a toda la teoría, documentación y buenas prácticas, gran parte del trabajo de un desarrollador se apoya todavía en el ensayo y error. Se prueban cambios, se ajustan parámetros, se reestructura el código y se observa qué pasa. De vez en cuando, una combinación aparentemente improvisada resuelve un problema que llevaba semanas dando guerra y nadie tiene muy claro por qué funciona. Pero mientras pase las pruebas, se documente mínimamente y no rompa nada más, se queda.
Desde fuera puede parecer un caos, pero esa mezcla de orden y caos hace que el mundo esté lleno de software que funciona gracias a parches, pequeñas correcciones y decisiones pragmáticas tomadas a lo largo de los años. Muchos sistemas críticos se sostienen, como se suele decir, con “cinta adhesiva y pegamento” digital, y aun así siguen cumpliendo su cometido cada día.
A todo esto se suma la frustración recurrente de recibir peticiones de “oye, ¿puedes hacer un cambio rápido?” por parte de clientes o jefes. Casi nunca es tan simple. Debajo de una pequeña modificación visual puede haber una estructura de datos compleja, dependencias repartidas por todo el proyecto o efectos colaterales difíciles de prever. Por eso, aunque desde fuera parezca un reto menor, añadir o cambiar una función suele requerir análisis, pruebas y tiempo.
Programar como superpoder: puzzles lógicos, videojuegos y humor nerd
Empezar a programar se parece bastante a recibir esa carta de escuela de magia que muchos soñaron de pequeños. Al principio todo resulta extraño y un poco intimidante, pero en cuanto escribes tus primeros “hechizos” (scripts, pequeños programas, apps sencillas) y ves que el ordenador hace exactamente lo que le pides, la sensación de poder es enorme.
Cada problema que abordas con código se convierte en un gran rompecabezas de lógica. A diferencia de pasatiempos como el Sudoku, aquí las reglas las pones tú: defines el punto de partida, imaginas el resultado deseado y construyes el camino intermedio. Suelen existir varias formas válidas de resolver lo mismo, unas más elegantes o eficientes que otras, lo que hace que la programación sea a la vez un reto mental y un ejercicio creativo adictivo.
Quien se engancha a este proceso termina llenando su cuenta de GitHub de proyectos paralelos: pequeñas herramientas para automatizar tareas propias, experimentos con nuevas tecnologías, prototipos de juegos, bots curiosos… Esa sensación de “si se me ocurre algo, probablemente puedo construirlo” es una de las razones principales por las que tantas personas siguen programando incluso en su tiempo libre.
Por supuesto, todo esto viene acompañado de una subcultura muy marcada. Los desarrolladores comparten chistes internos y referencias nerd que para el resto del mundo suenan a idioma extraterrestre. Frases míticas como “Hay 10 tipos de personas en el mundo: las que entienden binario y las que no” se repiten en camisetas, memes y foros técnicos. Subreddits dedicados al humor de programadores y recopilaciones de comentarios de código desternillantes forman parte del día a día del gremio.
También cambia la forma de ver el software ajeno. Al usar una aplicación, muchos programadores no pueden evitar “ver el código mentalmente”, imaginando cómo se han estructurado las pantallas, qué patrones de diseño hay detrás o qué decisiones técnicas se habrán tomado. Es como en Matrix: empiezas a ver el mundo digital en forma de estructuras y flujos de datos, y es muy difícil volver a mirar un programa como un simple usuario.
Del 8-bit a los mundos virtuales: curiosidades de videojuegos y entornos digitales
La etiqueta “8-bit” en los videojuegos clásicos no es solo una cuestión nostálgica o estética. Hace referencia al tamaño de las palabras que los procesadores de aquellas consolas podían manejar: 8 bits. Ese límite condicionaba todo: la cantidad de colores, la complejidad del sonido, el número de sprites en pantalla… De esa restricción técnica nació la icónica estética pixelada que hoy conocemos como pixel art.
Esos juegos aparentemente sencillos escondían un trabajo enorme de optimización y creatividad. Los desarrolladores tenían que exprimir cada byte para que el juego se moviera fluido y se viera bien en hardware muy limitado. Esa atención al detalle técnico ha influido en generaciones posteriores de creadores de videojuegos que hoy disfrutan de recursos muy superiores, pero que siguen inspirándose en la claridad y el diseño de los títulos de 8 bits.
Saltando a otro tipo de entornos, está el caso de Second Life, lanzado en 2003. A diferencia de los videojuegos tradicionales, no tiene objetivos, niveles ni misiones definidas. Es un mundo virtual persistente donde los usuarios crean avatares, construyen edificios, compran y venden objetos digitales y socializan. En su mejor momento, la economía interna de Second Life llegó a mover cientos de millones de dólares reales gracias al intercambio de bienes y servicios virtuales.
Esta mezcla de juego, plataforma social y mercado digital fue una especie de adelanto de conceptos que hoy asociamos con el metaverso, las economías virtuales y los entornos online persistentes. Demostró que un “software sin objetivos tradicionales” podía dar lugar a comunidades muy activas y modelos de negocio complejos.
Software, malware y seguridad: troyanos, rootkits y compañía
La palabra “software” fue acuñada en 1958 por el estadístico John Tukey. Antes de eso, los programas se solían describir simplemente como códigos o instrucciones. Tukey introdujo el término para distinguir claramente entre el equipamiento físico de un ordenador (hardware) y los programas que lo hacen funcionar (software), una diferencia que hoy nos parece obvia pero que en su momento fue toda una novedad conceptual, y su evolución incluye curiosidades sobre cómo arrancaban los ordenadores antes del BIOS.
En el lado oscuro del software encontramos el término “malware”, abreviatura de malicious software, es decir, programas creados con fines dañinos o ilícitos. Dentro de este paraguas entran virus, troyanos, spyware, ransomware y otras variantes. Aunque los virus informáticos existen desde la década de 1970, la palabra “malware” no se popularizó hasta los años 90, cuando Internet y las redes corporativas hicieron que estas amenazas se extendieran mucho más rápido.
Un troyano informático es un tipo de malware que se disfraza de programa legítimo para engañar al usuario y lograr que lo instale o lo ejecute. El nombre viene, como es fácil imaginar, del famoso caballo de Troya de la mitología griega, que permitió introducir soldados ocultos en la ciudad. En el ámbito digital, el “caballo” suele ser un archivo aparentemente inofensivo que, una vez dentro del sistema, abre la puerta a accesos no autorizados.
Más complejo aún es el concepto de rootkit. Se trata de un conjunto de herramientas diseñadas para conseguir y ocultar privilegios de administrador (root) en un sistema. Nacieron en los años 90, inspirados en kits de software legítimos utilizados para tareas de administración, pero adaptados por atacantes que buscaban permanecer invisibles. Un rootkit bien implantado puede esconder procesos, archivos y cambios de configuración, dificultando que incluso los antivirus lo detecten.
La diferencia clave es que, mientras algunos programas de administración usan técnicas parecidas con fines legítimos, el malware emplea estos mecanismos para mantener un control encubierto sobre el sistema. De ahí que la seguridad del software se haya convertido en un área crítica, tanto para particulares como para empresas, que deben vigilar muy de cerca qué se instala, qué permisos se conceden y cómo se monitorizan los sistemas.
De HTTP a HTML5: la base de la web moderna
Buena parte de las curiosidades del software actual tienen que ver con Internet. El protocolo HTTP (HyperText Transfer Protocol) fue creado junto con la World Wide Web por Tim Berners-Lee en 1989. Su función es sencilla de describir: actúa como mensajero entre tu navegador y los servidores, solicitando páginas y devolviendo las respuestas para que puedas ver sitios web.
Con el tiempo surgió HTTPS, una evolución de HTTP que añade una capa de cifrado para proteger la comunicación. Empezó a utilizarse en los años 90, pero su adopción masiva llegó mucho después, cuando se hizo evidente la necesidad de cifrar formularios, datos personales y, en general, cualquier interacción sensible en la red. Hoy prácticamente todas las webs importantes usan HTTPS, y los navegadores avisan cuando una página no lo hace.
En 2011, el W3C presentó un logo oficial para HTML5, el estándar que llevó el lenguaje de marcado de la web a un nuevo nivel. El logotipo, con forma de escudo, pretendía transmitir la idea de robustez, modernidad y capacidad para soportar aplicaciones complejas directamente en el navegador. Con HTML5 llegaron mejoras que permitieron reemplazar muchas funciones antes reservadas a aplicaciones de escritorio, desde la reproducción de vídeo sin plugins hasta gráficos avanzados en 2D y 3D.
Todo esto hizo posible gran parte de las experiencias que asociamos con la web moderna: aplicaciones de correo en el navegador, editores de texto online, juegos web, herramientas de diseño colaborativas y un largo etcétera. Gracias a HTTP, HTTPS y HTML5, hoy podemos hacer desde una simple consulta hasta gestionar proyectos completos sin instalar nada más que un navegador.
Detrás de esa simplicidad aparente hay décadas de evolución de protocolos, estándares y navegadores que han ido puliendo cómo se envía, recibe y representa la información. Cada nueva versión ha tratado de hacer la web más segura, más rápida y más capaz de competir con el software tradicional de escritorio.
Plataformas, nombres y licencias: Spotify, WordPress, ICQ y copyleft
Algunos de los programas y servicios que usamos a diario tienen historias curiosas detrás de su nombre. Es el caso de Spotify, fundado en Suecia en 2006 como respuesta al auge de la piratería musical. Durante una sesión de brainstorming, alguien pronunció una palabra que otro entendió mal, y de ahí salió “Spotify”. Más tarde decidieron darle un significado retroactivo combinando “spot” (encontrar) e “identify” (identificar), para reforzar la idea de descubrir y reconocer música.
En el mundo de la mensajería, uno de los pioneros fue ICQ, muy popular en los años 90. Su nombre es un juego de palabras con la frase inglesa “I Seek You” (te busco). Este programa permitía localizar y chatear con otras personas de cualquier parte del mundo mucho antes de que existieran WhatsApp, Messenger o Telegram, y ayudó a popularizar la idea de estar “conectado” de forma permanente.
Otro gigante con una historia particular es WordPress. Nació en 2003 como un fork o mejora de otro sistema de blogs llamado b2/cafelog. Con el tiempo se convirtió en el gestor de contenidos más extendido del planeta: se estima que más del 40% de las páginas web actuales funcionan sobre WordPress. Es uno de los proyectos de código abierto más exitosos que existen, con una enorme comunidad que desarrolla temas, plugins y herramientas alrededor de la plataforma.
En cuanto a licencias y filosofía de uso, aparece el concepto de copyleft, planteado como alternativa al copyright tradicional. Bajo copyleft, cualquiera puede copiar, modificar y distribuir una obra (incluido software), siempre que las versiones derivadas mantengan la misma libertad para los usuarios. Esta idea fue muy difundida por Richard Stallman, figura clave del movimiento de software libre, y ha inspirado licencias que obligan a que las mejoras sobre un programa también permanezcan abiertas.
Gracias a este enfoque, gran parte del software que usamos hoy —servidores web, sistemas operativos tipo Linux, gestores de contenidos, librerías de programación— se desarrolla de forma colaborativa y mantiene un equilibrio entre libertad de uso e innovación compartida. Empresas y particulares pueden beneficiarse del trabajo de la comunidad, y a la vez devolver mejoras que serán útiles para otros.
Curiosidades del software empresarial y su evolución
Si miramos al terreno de las empresas, la historia del software está llena de soluciones pioneras y programas de referencia que han marcado época, desde compañías como DEC. Desde los primeros sistemas de contabilidad y facturación hasta los grandes ERP y CRM actuales, el objetivo siempre ha sido el mismo: gestionar mejor la información del negocio y automatizar procesos para ahorrar tiempo y reducir errores.
En las primeras décadas de la informática empresarial, muchas compañías trabajaban con aplicaciones desarrolladas a medida para cada organización. Eran programas muy específicos, difíciles de actualizar y caros de mantener. Con el tiempo, empezaron a generalizarse paquetes de gestión estándar que podían adaptarse a diferentes sectores mediante módulos y configuraciones, lo que facilitó su adopción masiva.
Estas historias sobre cómo se han ido refinando las soluciones empresariales muestran la transición desde programas instalados en un único servidor local hasta las actuales herramientas en la nube, accesibles desde cualquier lugar y dispositivo. Hoy, muchas empresas usan software como servicio (SaaS) para facturación, recursos humanos, atención al cliente o análisis de datos, pagando suscripciones en lugar de grandes licencias únicas.
A lo largo del camino ha habido productos concretos que se han convertido en auténticos hitos dentro de su nicho, bien por ser los primeros en ofrecer cierta funcionalidad, bien por popularizar un nuevo enfoque de gestión. La evolución sigue, y cada vez es más frecuente ver soluciones que integran inteligencia artificial para ayudar en tareas como la clasificación de documentos, la predicción de ventas o el soporte automatizado al cliente.
Esta combinación de legado histórico y tecnologías punteras hace que el software empresarial sea un campo lleno de anécdotas y curiosidades: migraciones épicas desde sistemas antiguos, programas que estuvieron décadas en uso, herramientas que nacieron como proyectos internos y acabaron siendo productos comerciales, y un largo etcétera.
Todo lo que hemos visto —desde los puntos y comas rebeldes hasta HTTP, los mundos virtuales, los troyanos, el copyleft o los ERPs— forma parte de un mismo relato: el del software como engranaje invisible que sostiene la vida digital, laboral y de ocio de millones de personas, y que al mismo tiempo es fruto de decisiones técnicas, creatividad, errores, chistes privados y soluciones ingeniosas que rara vez se ven desde fuera.

